lunes, 31 de mayo de 2021

Continuemos: 6.

 

"Tu mirada vuelve a penetrar mis pupilas lejanas a ver si todo acaba aquí

No me dejes morir así. No me dejes caer en la trampa"

Pupilas Lejanas, Los Pericos


“Solo quería pedirte perdón por todo, yo sé que te traté muy mal cuando tu intención solo era arreglar todo” fue su respuesta.

No sabía qué esperaba cuando ví que me envió el primer mensaje, con Ojos Verdes nunca he sabido qué esperar, pero definitivamente nunca lo imaginé asumiendo las responsabilidades de sus actos. Siempre soñé con el momento en el que él me escribiera para arreglar las cosas e intentarlo de nuevo, nunca soñé con una disculpa; supongo que estaba muy ocupada culpandome y aceptando su rechazo como si me lo mereciera, y nunca me detuve a pensar que él también estaba actuando de manera incorrecta. Y no quería una disculpa, lo quería a él, a mi lado, enmendándolo todo.

A partir de ahí se abrió la represa de sentimientos que tenía hacia él. Estallaron las veces que me obligué a dejarlo de pensar, los días en los que decidí ignorar la melancolía; llegó la tristeza, la inestabilidad, el desasosiego que me inundaba al recordar que él no era mío y que además no quería ser mío. 

La conversación se mantuvo durante toda la mañana hablando de cosas casuales, rogando porque siguiera escogiendo el responderme, ansiosa de ver su nombre en mi pantalla de notificaciones así fuese hablando de cualquier cosa; hasta que fue imposible para mí contenerme y le pedí que nos viéramos. Respondió que sí, y acordamos vernos al día siguiente.


Se llegó el día, mi cuerpo fue a la universidad y mi mente se quedó paralizada por el miedo a que él me escribiera para cancelar, y no era por pesimismo, era porque conocía bien a Ojos Verdes. No me habló en todo el día, lo que hacía que mi miedo aumentara cada vez más, hasta que faltando hora y media para el encuentro, recibí su mensaje: “No sé si nos podamos ver aún. Estoy haciendo unas vueltas”. Le respondí con una risa y la petición de que me mantuviera al tanto, como un esfuerzo patético de no verme desesperada y casi desamparada por la posibilidad de no verlo. 

Por fin me respondió para confirmar que sí nos veríamos, y salí de la universidad a su casa en un viaje que me tomaría aproximadamente veinte minutos. Iba en el metro únicamente visualizando el momento en el que volvería a ver a Ojos Verdes, sentir su olor, escuchar su voz y de repente un mensaje me sacó de mis ideas. Era la persona con quien, hasta ese momento, estaba saliendo y me estaba preguntando para dónde iba, una pregunta bastante extraña, que nunca había hecho antes, hasta que convenientemente me encontraba a dos estaciones de la casa de Ojos Verdes. 

Sentí miedo y arrepentimiento de lo que estaba haciendo, giré para todos lados pensando que me estaba observando de lejos pero no vi nada. Le cuestioné el porqué de su saludo y me explicó que asumía que ya había salido de clases. Respiré profundo, necesitaba calmarme o colapsaría de nervios; necesitaba hacerle entender a mi mente que nadie me estaba observando a lo lejos, que esa persona me había hecho una pregunta común y corriente. Pero lo peor no fue su pregunta sino mi respuesta: “Me veré con un amigo para hablar unas cosas”.

A esa persona nunca le hablé de Ojos Verdes, pero no se necesitaba ser un genio para sacar conclusiones con mi respuesta. Él lo supo, y yo entendí que desde hacía ya mucho tiempo él lo sabía, sabía que existía alguien y que ese alguien sería la persona con la que estaba a punto de verme. 

Comenzó a cuestionarme: a dónde iba, quién era esa persona, qué iba a ocurrir; me pedía que lo llamara, me decía que entonces él me iba a llamar. Yo me limitaba a decirle que no se preocupara, me limitaba a mentirle, y dejé de contestar a sus mensajes que seguían llegando cuando yo ya estaba caminando a unas cuadras de la casa de Ojos Verdes. Me demoré muchísimo para llegar, porque paraba cada diez pasos a intentar estabilizar mi respiración y dejar de temblar; mis niveles de ansiedad estaban preocupantemente altos, y entre los nervios de ver a Ojos Verdes y la culpa de darle la espalda a la persona con la que estaba saliendo, pensé realmente que iba a tener que pedirle ayuda a alguien antes de desmayarme. Al fin, entre avanzar algunos pasos y retroceder el doble para irme a casa, llegué a la entrada de la casa de Ojos Verdes y le envié un mensaje para avisarle que bajara a abrirme y en ese momento mi celular sonó mostrando el nombre de la persona con la que estaba saliendo

-¿Dónde estás?

-Ya te dije, me veré con alguien para hablar

-¿Dónde? ¿Con quién?

-No te diré el nombre. Yo sé que tú sabes quién es, y no quiero que saques tus propias conclusiones antes de que pasen las cosas. Yo luego te cuento.

-¿Quién es?

-Me tengo que ir.

Y le corté la llamada al mismo tiempo que Ojos Verdes abrió la puerta, haciéndome olvidar del resto del mundo.


domingo, 30 de mayo de 2021

Continuemos: 5.

"Sólo espero que se apague de repente el recuerdo, y confío en la promesa del olvido.

De que se apague el fuego que quema dentro del pecho, a que vuelvas para complicar conmigo.

Que se acabe este juego que todos salen perdiendo

Y que vuelvas para serle infiel, porque no va a ser igual con él
Y que vuelvas para serle infiel conmigo"

Verdades Afiladas - Andrés Calamaro

Dicen que para todos los problemas, el fútbol acaba siendo el psicólogo más barato. Y yo me burlaba de esa frase mientras moría de ansiedad de saber que estaba con quien se supone era mi pareja, viendo un partido de fútbol, en la misma tribuna solo a unos metros de donde estaba Ojos Verdes. 90 minutos que se pasaron entre sufrir por el partido y sufrir por lo cerca y lo lejos que estaba de él.


Ir al estadio con Ojos Verdes siempre fue algo que quise hacer. Siempre fantaseé con el hecho de besarlo celebrando un gol, y ese día lo estaba haciendo con la persona equivocada. 

Irme a la cama con Ojos Verdes luego de ir al estadio siempre fue algo que quise hacer. Siempre fantaseé con el hecho de celebrar con buen sexo una jornada de fútbol, y ese día lo hice con la persona equivocada.


Acá reitero: no funciona sacar un clavo con otro clavo. Ese vacío solo puede llenarse con el cuerpo que estaba ahí antes. Por más que quisiera, por más que lo pensara, era imposible engañar a mi piel: él no era Ojos Verdes. No eran sus formas, no era su olor, no eran sus besos perfectos, ni su lengua, ni su fuerza, ni su tamaño. Y yo estaba condenando a una persona inocente a llenar un vacío imposible de llenar aún sabiendo que no podía darle lo que él merecía, ni él podía darme lo que yo necesitaba.


Seguí con él. Por egoísta, por cobarde, por cualquier adjetivo malo que se les ocurra; por lo que sea menos por auténticas ganas de estar con él. Adoraba quién era como persona, me gustaba la persona que él me hacía ser, pero no tenía sentimientos románticos o físicos hacia él. Y si hablamos de merecimientos, él no se merecía a alguien como yo. 


Pasaron los meses, comenzó un nuevo año y yo seguía con él, aún pensando en Ojos Verdes con la misma intensidad. Por temas de tiempo y distancia, no me podía ver o hablar mucho con la persona con la que estaba (así que digamos que desde el inicio fue una relación inviable, por parte y parte); y los pocos o muchos momentos que hablábamos o salíamos eran buenos momentos. Jamás fingí una sonrisa o un abrazo, tenerlo en mi vida fue lindo y sé que, mucho o poco, también le retribuí esos gestos; pero lo cierto es que por más que me esforzaba y por más que él se lo merecía, nunca pude llegar a sentir amor hacia él, o lo que debería sentir uno por una pareja.

Se llegó Marzo del 2015. Era lunes, y al día siguiente entraba a la universidad en la tarde, así que podía trasnochar. Me quedé con algunos amigos después de clases tomando, y después de solo unas dos cervezas ya mi mente estaba lo suficientemente alcoholizada como para cometer errores. Ojos Verdes subió esa noche una foto a Instagram, y yo se la comenté como si no hubiésemos pasado meses sin hablar. Entre el alcohol y el cansancio, olvidé eso y me fui a dormir.


Desperté en la madrugada del 10 de Marzo del 2015 con la luz led de mi celular alumbrando morado y su nombre completo en mi pantalla de notificaciones. No fue hasta obligarme a despertar por completo y re-leer la pantalla varias veces que por fin caí en la realidad: Ojos Verdes me había escrito.


Le respondí el saludo. Para ese momento ya él no estaba conectado así que me fui a dormir de nuevo, y desperté al día siguiente a las 8 de la mañana tal como en los buenos viejos tiempos, donde mi cerebro me despertaba automáticamente temprano para hablar con él. Y precisamente, al despertar su respuesta ya estaba en el chat.


miércoles, 26 de mayo de 2021

Continuemos: 4.

"Sin darme cuenta, te materializo en frases sueltas que terminan ahogándome

Porque tu espíritu Indeleble ha dejado mi memoria manchada

A pesar de tanto luchar es tu recuerdo el que llega primero

Incondicional

Me hace saber que todavía te espero"

Indeleble - San Alejo


Yo: Sí… Vos me dijiste que te diera un tiempo para pensar las cosas… pero cierto que ya esto se acabó?

Ojos verdes: Normal

Y esa fue la última vez que hablé con él.

Y así pasaban los días, cada uno más largo que el anterior, pues mi error desde el principio fue dejar que el único tinte de color en mi día me lo diera él con sus ojos verdes. Todo fue mortificante porque de su lado nunca tuve una respuesta a pesar de que lo seguí buscando y le seguí hablando. Nunca me dijo que no, pero tampoco me dijo que sí. Para él fue sencillo seguir como si nada sin considerar que yo me mortificaba diariamente con su silencio, esperando ingenuamente que algún día volvería; pero escogió sencillamente ignorar mis sentimientos y peticiones. A este punto no quería ni siquiera que regresara, quería que me liberara, que me dijera que no lo volviera a buscar, que me diera un NO definitivo, que me cerrara sus puertas para yo seguir mi camino. 

Si no quieres a alguien y ese alguien te quiere con todas tus fuerzas, no es tu obligación corresponderle, pero sí es tu responsabilidad decirle directamente que no va a pasar nada. Es liberar al otro del peso de la ilusión, permitir sanar a la persona, quitarle los gérmenes a la herida para que no sigan proliferando.  

Pero ¿quién soy yo para hablar de responsabilidad afectiva? cuando me dí constantes dosis de autoengaño y reemplazos sentimentales. De lo cual no estoy orgullosa.

Muy convencida de que no podría tener a Ojos Verdes, pero sin ninguna intención de olvidarlo, busqué sacar un clavo con otro. Acá doy otro importante consejo: no lo hagan, no funciona.

Necesitaba a alguien que me recordara a Ojos Verdes, que fuera un poco parecido (no físicamente, porque alguien con sus características físicas era escaso) Necesitaba alguien que tuviera la pasión por un equipo de fútbol (lo cual siempre me ha resultado atractivo), que tuviera muchas cosas en común conmigo, lo que inicialmente sucedió con Ojos Verdes, hasta que conocí a alguien. No se parecía en nada a Ojos Verdes físicamente, pero amaba el fútbol, tenía muchos gustos en común conmigo, era muy amable, era interesante hablar con él, y estudiaba en la universidad en la que yo comenzaría el siguiente año. Perfecto ¿no? No.

Las cosas con él funcionaban: me distraía hablando con él, me gustaba hablar con él, me hacía reír, me llamaba, nos habíamos caído muy bien. De verdad era encantador, y además era seguro y confiable. ¿lo quería? Sí ¿me gustaba? No. Pero yo juraba que sí, sabiendo que era mentira, para ver si lograba engañar a mi cerebro y mi hipotálamo me bañara en oxitocina, dopamina o algo que me hiciera sentir cosas por él.

Todo fue por Noviembre, si mal no recuerdo, y finalizando ese mes, empezamos a salir (creo). Y supongo que con esas dudas sobre fechas se evidencia que no fue algo que me tocara el corazón, o al menos no lo suficiente como con Ojos Verdes, que hasta recuerdo el color de mi ropa el día que estuvimos juntos: blusa azul claro, pantalón y tenis negros. Tenía ropa interior negra y las uñas pintadas de azul oscuro.

Empecé a trabajar y en mis ratos libres lo llamaba para ver cómo estaba, y yo sonreía, y me encantaba hablar con él, me gustaba mucho su voz. Pensé que estaba sintiendo cosas por él, y con mi primer sueldo le compré un detalle de navidad. Y después de comprarle un regalo de navidad al tipo que me “gustaba”, fui a hacerme un tatuaje que representaba a las personas que en mi vida serán imborrables.  Sí, he de admitir que ese tatuaje era un poquito (mucho) de él, que él me marcó tantísimo para estar simbólicamente incluido en ese tatuaje, y entonces ser Indeleble.


miércoles, 19 de mayo de 2021

Continuemos: 3.



"Todo parece estar queriendo cerrar una herida
Lejos de abandonar, erca de una despedida
No quiero más verte pasar
Sólo me quiero sentar a esperar (...) que saltes al vacio y que no vuelvas nunca, y que toda tu vida te mate la culpa de haberme robado una parte del alma"

Al Vacio - NTVG



Me digo que todo pasa por algo para validar mis errores porque de ellos siempre hay algo por aprender y forman en nosotros virtudes. Casi siempre. Esta vez, con mi ex, cometí un error del que hasta el día de hoy me arrepiento; y no únicamente por lo que pasó con Ojos Verdes, sino porque en general hay muchas cosas relacionadas con mi ex que si pudiera devolver el tiempo, no haría.


Ahora bien, hablando de Ojos Verdes, fue esta una de las causas por las que esta historia que nunca empezó, se terminara… aunque no haya finalizado aún.


Y hablando de nuevo de virtudes (o capaz defectos) hay cosas que simplemente no puedo guardarme y necesito decir. Y lo que había ocurrido con mi ex era algo que sentía la necesidad de contarle a Ojos Verdes. Me tomó días podérselo decir, eso sí, y durante esos días  hablamos poco; pero no por mí, si no por él y su tremenda ausencia, que hacía casi que innecesario contarle la verdad pues seguramente no podría importarle menos.

Comenzó una larga confesión de mi parte camuflada entre rodeos y pequeñas declaraciones de amor, empezando con un “¿Recuerdas que te dije que no quería besar otros labios que no sean los tuyos? Bueno… no cumplí eso”. Y fue algo que dije con muchísimo dolor, porque no habían otros labios que quisiera besar distintos a los de él. 

Y su respuesta, de la que no esperaba mucho pero definitivamente no tan poquito, fue: “Pues ¿qué te puedo decir? igual vos y yo no somos nada”, y como si no fuera poco, la persona que era todo para mi, a quien le rogué que por favor nos viéramos para hablar, me remató con un “Es que no te quiero ver”. 


Le hice un favor. Ya él no sabía qué hacer conmigo, ya no sentía lo mismo por mí, y no me lo había dicho, pero yo le había dado la excusa perfecta para terminar las cosas sin mover ni un solo dedo, librándose de cualquier responsabilidad. Le di el empujón al abismo al carro que él ya había dejado sin frenos y abandonado, pero yo aún iba al volante, y me caí profundo.

Me pidió un tiempo para “pensar las cosas” porque por supuesto no se tomó la molestia de “terminar” definitivamente, y yo sin opción de protestar se la di. Quedé desesperada.


Y, hasta ese entonces, esa fue una de las pocas noches que la tristeza hizo imposible que conciliara el sueño. El sol me descubrió leyendo conversaciones con él cuando todo estaba bien. Era una mañana nueva para él, y yo me quedé en esa noche eternamente.


Ese día, por ingenua, por impulsiva, por idealista pero sobre todo por amor, decidí ir a su casa. Estaba en la entrada intentando controlar el temblor de mis manos, y logré marcar su número para llamarlo.


Contestó y de fondo se escuchaban gritos, tambores, trompetas. Estaba en el estadio, había partido y yo estaba esperando afuera de una casa vacía; sin embargo desde su casa podía llegar rápidamente al estadio caminando, cosa que no hubiese dudado en hacer si justamente ese día el partido no fuese en otro municipio. Por si no fuera suficiente confirmación el ruido, y con la ayuda de mis nervios, lo único que pude hacer fue preguntarle dónde estaba. Me pregunto que quién era yo, y con más honestidad que nunca, le respondí “Nadie”.


Yo lo hubiese esperado. Hubiese esperado los 90 minutos que duraba el partido, la hora extra que se quedaba celebrando, y la media hora que le tomase llegar a su casa, pero siendo suficiente dignidad perdida en un día, decidí irme. 


Esa noche Ojos Verdes me escribió. Ese sonido personalizado y la luz morada alumbrando en mi celular hicieron que tuviera que sentarme en la cama y respirar. De nuevo, no esperaba mucho, pero definitivamente no tan poquito:


Ojos verdes: ¿Fuiste tú quien me llamó?

Yo: Sí, fui a buscarte a tu casa.

Ojos verdes: Ok.


Ahí hubiera terminado la conversación, pero yo insistí


Yo: Yo ya perdí con vos, ¿cierto?

Ojos verdes: ¿Cómo así?

Yo: Sí… Vos me dijiste que te diera un tiempo para pensar las cosas… pero cierto que ya esto se acabó?

Ojos verdes: Normal


Y esa fue la última vez que hablé con él.

 

lunes, 10 de mayo de 2021

Continuemos: 2.



"Fue un verdadero placer
verte caminar tan seria de derecha a izquierda
Y fue algo inefable perder mi noción de este mundo estando entre tus piernas.
Y es que tú y yo (...) tuvimos que ser amantes en nuestra vida anterior,
solo eso explicaría la simetría del esporádico día en el que hicimos el amor,
(...)
solo eso explicaría la sincronía de tu pelvis con la mía cuando hacíamos el amor"


Maga - Robert Tiamo


Vino hacia mí y sin decirnos nada más que el saludo tomó mi cara entre sus manos y me besó, y agradezco el gesto de haberme tomado en sus brazos, si no hubiese salido volando y de mí ya no se sabría más. Llegó el mejor beso que me han dado hasta hoy y aún lo puedo sentir revolviéndome el alma.

Nos vimos una tarde de Septiembre que llovía y desde eso recuerdo que el mes de Septiembre siempre es un mes frío y lluvioso.


Las cosas cada vez las sentía mejor, más nuestras, más felices. Mi vida había salido de una época de neutralidad absoluta, que no reconocía felicidad o tristeza. Ahora todo giraba en torno a su nombre, nuestras conversaciones, a sus besos y días después a su sexo. Llegó otra tarde lluviosa de Septiembre, pero en esta no sentiría frío. 


Seis años después sigo buscando los adjetivos que puedan explicar lo que fue tenerlo, lo que fue que me tuviera. Simplemente agradecí para mis adentros mientras lo besaba, mientras le quitaba la ropa, mientras estaba dentro de mi. Cada que pienso en eso, se cierran mis ojos y se van al 24 de Septiembre del 2014, a su cuerpo debajo del mío, a mis uñas clavadas en su piel, a su lengua dejando saliva Indeleble por mi cuerpo. Y más que nada, regreso al recuerdo de lo mucho que lo amé ese día y todos los que llegaron.


Por Ojos Verdes me despertaba a las 8 de la mañana (a más tardar) a darnos los buenos días, aún cuando estaba en vacaciones esperando empezar la universidad. Despertaba y estaba su mensaje con emojis que solo tenían sentido entre nosotros, diciéndome que era suya. Y así empezaba mi día, y tenía la fortuna de seguirlo de la misma manera hasta que entraba la noche. Le puse al celular un tono exclusivo de notificación para sus mensajes y los configuré para que la luz led alumbrara de un color específico si él me hablaba: morado, mi color favorito. Siete años después cuando escucho en algun lado ese tono de notificación, mi corazón se detiene un momento y se derrite hasta mi estómago, y no porque sienta algo actualmente hacia él o sus mensajes, sino porque soy receptáculo de una conciencia plasmada de recuerdos de él.


Una mañana desperté sin su mensaje, luego fueron tres mañanas, luego simplemente preferí levantarme tarde. Mi mensaje nunca faltaba en forma de un saludo lleno de anhelos por una respuesta que cada vez era más dilatada e impersonal. ¿Acaso la gente no se da cuenta de lo mucho que puede curar el alma sólo tecleando un par de palabras? ¿Cómo le explicaba yo a mi alma que Ojos Verdes se iba?


Me decía que estaba ocupado, estaba acabando el colegio y era el último periodo académico, y yo quería creerle con todas mis fuerzas; ciegamente quería creer todo lo que me dijera aunque sus palabras fueran sólo un trámite para reclamar mi silencio y así dejar de lidiar conmigo, como cuando le decía que lo quería ver y él solo respondía un “yo también” suelto.


Una tarde de octubre, ya no tan fría como las de Septiembre, en un dia muy esperado para mí, iría a un concierto de mi grupo favorito, en compañía de la persona menos favorita que conocía (y me tomo este paréntesis para aconsejarles jamás planear eventos importantes en una relacion a punto de desmoronarse). Tuve que ir al concierto con mi ex, aunque no niego que fue casi que satisfactorio el ver su reacción al notar que mí celular solo mostraba la foto de un chico de ojos verdes con camiseta del DIM y el explicarle quién era cuando me pidió explicaciones. Y todo hubiese acabado perfecto ahí, pero tras esa conversación vinieron dramas y manipulaciones por parte de esa persona, que aunque me recordaron el porqué ya no estaba con él también demostraron su capacidad de lograr que yo me incomodara para que él estuviera cómodo, y de llevar mis acciones a apaciguar su vulnerabilidad mientras me decía que debía estar con él y no con Ojos Verdes. Caí lamentablemente en eso y besé de nuevo sus labios… desearía no haberlos besado ni ahí, ni nunca.


domingo, 9 de mayo de 2021

Continuemos: 1.



"No creerías las cosas que he hecho por ella
Cobardemente pero sin vergüenza
Era una piedra en el agua, seca por dentro
Así se siente cuando la verdad
Es la palabra sometida
Fui tan dócil como un guante, tan sincero como pude y ella usó mi cabeza como un revólver"

Ella usó mi cabeza como un revólver - Soda Stereo.

A lo largo del tiempo, si tenemos suerte, aprendemos a querer mejor, a querer distinto. A economizar sentimientos que luego pueden derivar en tristezas, a priorizar otros aspectos de la vida y dejar a un lado cualquier deseo o expectativa que tengamos sobre alguien que no seamos nosotros mismos.


El amor cambia. Vuelvo a estas páginas no porque haya amor nostálgico, sino porque esta historia se reescribe una y otra vez, distinta pero igual, cada que nos volvemos a encontrar. Lo menos que puedo hacer es escribirla bien, escribirla mejor. Una historia como estas es digna de recordar, y si al final hay un lugar donde si quedamos juntos, es entre estas páginas. 


Intententare ser lo más fiel posible al relato original pero no puedo evitar modificar unas cosas y poner otras desde una perspectiva distinta, porque como decía más arriba, tuve la suerte de aprender a querer mejor, a querer distinto y para bien o para mal, a ser más fría con los temas sentimentales. El escrito original fue de una persona que necesitaba de él para estar bien, estable, feliz y ahora lo reescribe alguien que no necesita de nadie más que de ella misma, que tiene el control y que por encima de todo es racional respecto a los sentimientos. Hoy vengo a contar una versión más objetiva, mejor redactada y con cosas inéditas; hoy no por catarsis, hoy por escribir y recordar a una de las personas que siempre estará en mi y a quien siempre voy a querer… mucho, poco, mal, bien; pero al fin y al cabo querer.


Todo esto, como cualquier historia tiene un inicio, y no se me puede ocurrir uno más inesperado y oportuno que el que tuvo. Pero hay que decir también, que para haber llegado hasta este punto de la historia hubo más tropiezos que pasos. Tropiezos de ambos.


A mi visión de una persona atractiva, él encaja dentro del ideal. Tiene cabello castaño claro que siempre lleva muy al raz, ojos verdes con pintas de distintos tonos de azul; es alto, es atlético y tiene una sonrisa dulce. Tiene carisma, es seguro de sí mismo y se centra en lo que quiere lograr. Como salido de una película adolescente, de esas que en su momento nos elevaron las expectativas de un hombre y que con los años nos dimos cuenta que no iban más allá de guiones genéricos del cine rosa del primer mundo. 

Estas películas que tienen al chico rudo pero sensible y guapo y a la chica tímida que no sabe que es linda, donde un día en los pasillos de la escuela se cruzan y superan los obstáculos para al final quedar juntos. Y que más me hubiera gustado que todo fuese así de sencillo, porque en las películas todo sale bien al final entre el chico guapo y la chica que no tiene mucho por ofrecer; pero esta historia no tiene un final así, ni siquiera hay un final aún, y lo peor de todo es que ni siquiera tuvo un inicio.


Hay una teoría de la física cuántica que explica que la conciencia es una extensión más de la energía, es decir, que no necesita habitar un receptáculo para existir. Hoy está en nosotros, y cuando nosotros no estemos ella seguirá con todos nuestros conocimientos, emociones, gustos, miedos y amores (y los de los receptáculos que habitó antes de habitar nuestro cuerpo), hasta transformarse en algo más, pero jamás destruirse. No es algo místico o sobrenatural, es una teoría que incluso se utiliza para explicar casos de reencarnación, que no son más que manifestaciones de la conciencia sobre vidas anteriores. A su vez, para la reencarnación, explica que dos conciencias pueden estar conectadas con tanta fuerza, que de alguna manera se reencuentran en vidas posteriores. 


No se como explicar el hecho de que lo vi y supe que quería muchos años con él, aún cuando no sabía absolutamente nada sobre la vida, aún cuando no tenía motivos para querer eso y sin siquiera conocerlo bien. Para contextualizar tenemos que retroceder varios años en el pasado hasta llegar al 2001, sí, casi 20 años atrás (cuando escribí esto solo iban quince años apenas). 


Lo conocí en el jardín infantil, y lo recuerdo a él como si aún lo estuviera viendo y ambos tuviéramos seis años, recuerdo que le conté a mi familia sobre un niño de ojos azules y orejas grandes del que estaba "enamorada" y extrañamente, hasta ahora, mi familia sigue recordando eso. Fuimos novios, tal vez por dos minutos, o tal vez una semana, o a lo mejor se nos olvidó que lo éramos y dejamos de serlo. Y hasta ahí llegan mis recuerdos de él. Me gradué del kínder y de él sólo quedó una foto en una fiesta de mi grupo de preescolar con su sonrisita de dientes deciduos posando al lado de la mía; y el recuerdo de su nombre completo.


Vamos a obviar su nombre, porque acá es lo de menos y porque probablemente si me conoces sabes perfectamente de quién estoy hablando. Y si es ÉL quien me lee, aquí traigo la historia que, sin merecerlo, tanto me marcó.


Del 2001 pasamos al 2014, cuando por fin volvimos a hablar. En el transcurso de esos 13 años lo tuve presente, intenté buscarlo por redes pero nunca di con su perfil. Conocí más gente, hice una vida, tuve una pareja que me desgastó emocionalmente y me dejó en un mutismo absoluto en el que por primera vez en mi vida, a los 17 años, no sentía nada hacia nadie ni hacia algo, ni bueno ni malo. Una noche en medio de la inopia y el insomnio, resolví volver a buscarlo. Escribí su nombre completo en el buscador de Facebook con nombres y apellidos que nunca olvidé y la búsqueda arrojó los mejores frutos: un joven, ojos verdes, labios lindos, cabello castaño claro, atlético, hincha del mismo equipo que yo… qué bueno que mande esa solicitud de amistad.


Al día siguiente me aceptó, y le hablé. Le conté quién era y de donde nos conocíamos. Él no se acordo de mi... ¿Será que esto lo podría explicar la física cuántica y su teoría sobre las conciencias? En esos momentos no importaba, no tenía ninguna meta por cumplir al hablarle, simplemente quería saber de él. 


Se salió de control, se me salió de las manos y acabé conociendo más de él que mucha otra gente, porque sin saberlo empecé a quererlo todo de él (querer desde el deseo y el afecto). Hablábamos dia y noche y no se cuándo cruzamos la línea entre una conversación casual a una personal, y más allá, a una casi romántica; no se cuándo pasó pero sí sé cuándo estalló: yo estaba alcoholizada y le confesé que me gustaba a lo que correspondió mucho mejor de lo que podría haber esperado. 


Y para ese entonces rompimos con 13 años sin vernos y saber del otro. Al vernos sabía que nos besaríamos y me asustaba que se rompiera la magia con un beso mal dado o incompatible. Cuando nos encontramos lo ví y mi mirada tuvo que subir hasta el techo, pues era más alto de lo que esperaba. Vino hacia mí y sin decirnos nada más que el saludo tomó mi cara entre sus manos y me besó, y agradezco el gesto de haberme tomado en sus brazos, sino hubiese salido volando y de mí ya no se sabría más. Llegó el mejor beso que me han dado hasta hoy y aún lo puedo sentir revolviéndome el alma.


La descripción del beso fue copiada y pegada del escrito original, no tengo absolutamente nada por cambiar porque no importa si lo escribo en el 2014, el 2017 o el 2020: siempre va a ser mi mejor beso.


viernes, 7 de julio de 2017

Hombre roto.

El dolor existe como ente físico, es palpable, casi puedo cogerlo entre mis dedos, casi puedo sentir su forma, áspera y dura, de bordes irregulares muy afilados y mutables que me impiden saber como asirlo sin cortarme, invariablemente me hiere no importa como lo trate de sostener, de controlar; es mas, se empeña en crecer, sobre todo cuando estoy solo y mi mente se vuelve ociosa y tercamente da vueltas al rededor de tu recuerdo, crece así, sobrepasando cualquier  límite de mi cuerpo, desdibujando mi silueta y deformando mi ser, creciendo como monstruo primordial que me desgarra al salir y luego se empeña en devorar lo poco que queda, como si yo fuese su presa predilecta, su trofeo de caza.
A veces soy capaz de  encogerlo al mínimo en un rincón oculto en mi pecho, donde tontamente creo no puede hacer daño, pero sin importar que tan grande o pequeño sea, está ahí, clavando sus garras y sus uñas, mordiéndome sin misericordia, recordándome que existe, que se alimenta de mi y que seguirá hiriéndome no sé por cuanto tiempo.
El dolor no solo es mutable, sino que disfruta inventando formas nuevas de torturarme, de recordarme que existes para todos menos para mí.
Trato de pensar, de creer, que este es mi dolor y yo soy su dueño, no al revés.

-Anónimo.