lunes, 31 de mayo de 2021

Continuemos: 6.

 

"Tu mirada vuelve a penetrar mis pupilas lejanas a ver si todo acaba aquí

No me dejes morir así. No me dejes caer en la trampa"

Pupilas Lejanas, Los Pericos


“Solo quería pedirte perdón por todo, yo sé que te traté muy mal cuando tu intención solo era arreglar todo” fue su respuesta.

No sabía qué esperaba cuando ví que me envió el primer mensaje, con Ojos Verdes nunca he sabido qué esperar, pero definitivamente nunca lo imaginé asumiendo las responsabilidades de sus actos. Siempre soñé con el momento en el que él me escribiera para arreglar las cosas e intentarlo de nuevo, nunca soñé con una disculpa; supongo que estaba muy ocupada culpandome y aceptando su rechazo como si me lo mereciera, y nunca me detuve a pensar que él también estaba actuando de manera incorrecta. Y no quería una disculpa, lo quería a él, a mi lado, enmendándolo todo.

A partir de ahí se abrió la represa de sentimientos que tenía hacia él. Estallaron las veces que me obligué a dejarlo de pensar, los días en los que decidí ignorar la melancolía; llegó la tristeza, la inestabilidad, el desasosiego que me inundaba al recordar que él no era mío y que además no quería ser mío. 

La conversación se mantuvo durante toda la mañana hablando de cosas casuales, rogando porque siguiera escogiendo el responderme, ansiosa de ver su nombre en mi pantalla de notificaciones así fuese hablando de cualquier cosa; hasta que fue imposible para mí contenerme y le pedí que nos viéramos. Respondió que sí, y acordamos vernos al día siguiente.


Se llegó el día, mi cuerpo fue a la universidad y mi mente se quedó paralizada por el miedo a que él me escribiera para cancelar, y no era por pesimismo, era porque conocía bien a Ojos Verdes. No me habló en todo el día, lo que hacía que mi miedo aumentara cada vez más, hasta que faltando hora y media para el encuentro, recibí su mensaje: “No sé si nos podamos ver aún. Estoy haciendo unas vueltas”. Le respondí con una risa y la petición de que me mantuviera al tanto, como un esfuerzo patético de no verme desesperada y casi desamparada por la posibilidad de no verlo. 

Por fin me respondió para confirmar que sí nos veríamos, y salí de la universidad a su casa en un viaje que me tomaría aproximadamente veinte minutos. Iba en el metro únicamente visualizando el momento en el que volvería a ver a Ojos Verdes, sentir su olor, escuchar su voz y de repente un mensaje me sacó de mis ideas. Era la persona con quien, hasta ese momento, estaba saliendo y me estaba preguntando para dónde iba, una pregunta bastante extraña, que nunca había hecho antes, hasta que convenientemente me encontraba a dos estaciones de la casa de Ojos Verdes. 

Sentí miedo y arrepentimiento de lo que estaba haciendo, giré para todos lados pensando que me estaba observando de lejos pero no vi nada. Le cuestioné el porqué de su saludo y me explicó que asumía que ya había salido de clases. Respiré profundo, necesitaba calmarme o colapsaría de nervios; necesitaba hacerle entender a mi mente que nadie me estaba observando a lo lejos, que esa persona me había hecho una pregunta común y corriente. Pero lo peor no fue su pregunta sino mi respuesta: “Me veré con un amigo para hablar unas cosas”.

A esa persona nunca le hablé de Ojos Verdes, pero no se necesitaba ser un genio para sacar conclusiones con mi respuesta. Él lo supo, y yo entendí que desde hacía ya mucho tiempo él lo sabía, sabía que existía alguien y que ese alguien sería la persona con la que estaba a punto de verme. 

Comenzó a cuestionarme: a dónde iba, quién era esa persona, qué iba a ocurrir; me pedía que lo llamara, me decía que entonces él me iba a llamar. Yo me limitaba a decirle que no se preocupara, me limitaba a mentirle, y dejé de contestar a sus mensajes que seguían llegando cuando yo ya estaba caminando a unas cuadras de la casa de Ojos Verdes. Me demoré muchísimo para llegar, porque paraba cada diez pasos a intentar estabilizar mi respiración y dejar de temblar; mis niveles de ansiedad estaban preocupantemente altos, y entre los nervios de ver a Ojos Verdes y la culpa de darle la espalda a la persona con la que estaba saliendo, pensé realmente que iba a tener que pedirle ayuda a alguien antes de desmayarme. Al fin, entre avanzar algunos pasos y retroceder el doble para irme a casa, llegué a la entrada de la casa de Ojos Verdes y le envié un mensaje para avisarle que bajara a abrirme y en ese momento mi celular sonó mostrando el nombre de la persona con la que estaba saliendo

-¿Dónde estás?

-Ya te dije, me veré con alguien para hablar

-¿Dónde? ¿Con quién?

-No te diré el nombre. Yo sé que tú sabes quién es, y no quiero que saques tus propias conclusiones antes de que pasen las cosas. Yo luego te cuento.

-¿Quién es?

-Me tengo que ir.

Y le corté la llamada al mismo tiempo que Ojos Verdes abrió la puerta, haciéndome olvidar del resto del mundo.


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